
Hoy quiero hablaros de mi hermano mayor, José Juan. Aparte de él tengo otro, Germán, pero de él os hablaré otro día. Esta entrada es para mi
hemmano, porque lo quiero mucho, porque me ha enseñado mucho y porque al pobre mío le han quitado hoy la vesícula, y necesita mucho mimito (que ya se lo da su mujercita, pero yo también desde mi rinconcito).
Es curioso pero apenas tengo recuerdos de él de niño, claro, es que nos llevamos 10 años y mejor así, porque si recordara las perrerías que me hacía en mi más tierna infancia posiblemente no estaría escribiendo esta entrada para él. Y es que mi hemmano me odiaba de pequeña; yo creo que realmente hubiera preferido que yo no hubiera nacido, y no lo culpo, los pobres (ahí entran los dos) tuvieron que aguantar que mi madre pasara los nueve meses de embarazo metida en cama para no perder al bebé (yo) y su dieta se basaba únicamente en huevos fritos acompañados de patatas Paco (fritas de paquete), ya que mi padre era lo único que sabía cocinar. Por este motivo, cuando yo nací, ni siquiera quisieron venir a conocerme; para ellos yo era la invasora y los pobres lloraban y lloraban desconsolados metidos en un rincón de la casa.
Los años restantes, según me cuenta mi madre, no fueron muy tranquilos que digamos. Yo, admiraba a mi hemmano, lo seguía a todas partes y me encantaba estar con él. Él, en cambio aprovechaba mis despistes para ponerse unas máscaras terroríficas, de hombre lobo o algo así, y me llamaba con vocecita de Reyes, ven y toma no sé qué, a cuya llamada yo acudía contentísima porque era mi hemmano el que me llamaba. Y haaalaaa, como yo tenía la apnea del llanto, me quedaba con los brazos vueltos y los ojos en blanco sin poder romper a llorar. No se ha llevado collejas el pobre por este motivo. La verdad es que de esas caretas, aún guardo un remoto recuerdo y mira que yo era pequeña.
Luego, durante algunos años nuestros caminos no se cruzaban mucho. Yo dejé de acudir a sus macabras llamadas y empecé a jugar con muñecas (Nancy y Lesly - la prima de la Nancy) y él, con melena y pantalón vaquero, a pesar de las protestas de mi madre, se metía en su cuarto a escuchar música. Su mundo de entonces era todo un misterio para mí: una habitación llena de libros y discos de vinilo, y las paredes empapeladas con autógrafos de actrices y actores de aquella época (sobre todo los ángeles de Charly, jaja, la morenita del pelo corto era tu preferida). Yo ya intuía que mi hemmano era todo un personaje pero qué lejos estaba de mí.
Cuando yo llegué a mi adolescencia fue quizás cuando más nos unimos: los viernes por la tarde y los sábados por la mañana, al Franju (el vídeoclub) a alquilar la peli de miedo y la de risa para después (ah, y la de tetas para el otro, jajaja). Los viernes por la noche, veíamos el Un, dos, tres; hay que ver qué mal nos caía la Mayra esa, y qué bien lo pasábamos cuando se llevaban la calabaza. Pero a veces, en lugar de ese rollazo, pues me ponía La clave, y la peli, anda medio la aguantaba, según cual, pero el coloquio ... que tenía 12 años, por Dios.
Recuerdo también con mucho cariño de esa época que me dejaba ir a su habitación a escuchar discos, al principio los suyos y los de mi otro hermano y poco a poco los míos propios. Me encantaba poner el tocadiscos a todo volumen y bailar para las fotos de la pared.
De ahí en adelante, mi hemmano siempre ha estado y está a mi lado. Y eso es un lujo, porque es un tío cojonudo, motero hasta la médula, sabio en sus consejos, cariñoso, cachondo, ingenioso, y bueno, podría seguir diciendo alabanzas hasta que cerraseis la página de aburrimiento (si no lo habéis hecho ya), porque no hay espacio suficiente para hablar de mi hemmano. Solo hay una cosa en la que no es muy bueno: en hacer figuritas talladas en jabón y otras manualidades, ¿verdad? Pero no se puede ser perfecto.
Iba a contar muchas más cosas, pero si se tercia lo haré en otra entrada (Mi hemmano II), hijo, es que tú das para mucho. Y bueno, espero que te haya gustado el vídeo que te he puesto, sé que seguro que sí. También espero que te guste el puchero que te he llevado y el pan, ya sabes, nada de chorizo ni morcilla, eh? Y bueno, aunque sé que te gusta mucho el brownie, hoy para variar quiero dejarte unas napolitanas que empecé a hacer estando tú en mi casa pero que no castaste porque te dio la prisa por irte. No sé si recordarás que le dimos muchas vueltas a la masa para ver cómo se hacían, pero al final salieron de muerrrrte.
Un beso muy fuerte y que te mejores.