martes, 14 de abril de 2009

Me da miedo el tiempo




Recuerdo perfectamente los diez primeros años de mi vida. Recuerdo la ilusión que me hacía ponerle dos cifras a mi edad. Diez años, toda una vida. Recuerdo a mi padre, tratando este hecho como lo que era, un hecho de gran magnitud. Me sentía ya casi del mundo de los mayores. Pero en verdad no quería pertenecer a ese caos que no entendía pero que sí admiraba.

Ahora, en la lejanía, recuerdo esos años que transcurrieron para mí como una eternidad. Casi podría decir que esos años pasaron con más lentitud que los 28 posteriores. Los veranos eran laaargos, y en ellos daba tiempo a hacer de todo. Devoraba libros de Los Cinco (El Club de los Siete Secretos nunca me gustó, y Quinto grado en Santa Clara, ni fu ni fa) y siempre me apetecía comer lo que ese grupo de primos engullía en esas meriendas de galletas de jengibre y zarzaparrilla. 

Aparte de leer, me daba tiempo a acabar los cuadernillos de vacaciones que recomendaban en el cole, a ver la tele (Dabadabadá), ir a la playa, jugar con Nieves con las Nancys, comer helados, pasear.... todo el tiempo del mundo para mí en dos meses de verano.

Creo que esta es una de las muchas virtudes de la infancia, cuando tu vida no depende de todo lo que tienes que hacer, cuando lo único que tienes es que disfrutar y hacer tu cama (y poner y quitar la mesa, como mucho), el paso del tiempo se postra ante tus pies.

Ya, ese transcurrir no volverá. Lo veo. El paso del tiempo me tortura, aunque no quiera admitirlo. Pero cuidado, no me tortura por mi edad, sino por el vértigo que me causa el imparable ritmo que llevan mis hijos. Cómo se me va de las manos la más tierna infancia de mi Santiago; cómo, mi sobrina Luna, con 14 años, ha dejado ya todo rasgo infantil y es una mujer en toda regla; cómo tengo sobrinos, que conocí de pequeños y que ya han sobrepasado la edad que yo tenía cuando me casé; y cómo soy tía-abuela de dos preciosos bebés, Pablo y Carmen. Y prefiero no nombrar a los que ya son mayores que yo, porque esos cambios me entristecen más todavía.

Las canas, las caderas que no vuelven a entrar en los vaqueros de antes, la cintura que después del embarazo de los mellizos (madre mía qué barriga) nunca volvió a hacer curva hacia adentro, y otras cosas que duelen más, como mi problema reumático, eso no me preocupa. Tengo asumido que el tiempo tiene que pasar y hacer estragos en mí, pero que lo haga en mis hijos, eso si me trastorna más. Ver la paja en el ojo ajeno. 

Me da miedo y lástima no poder agarrar, sujetar, cada instante que pasa feliz. Ahí me quedaría para siempre. En un momento único de felicidad. 

Me ha costado mucho trabajo elegir un plato para hoy, y al final me he decidido por el pan. Simple y eterno pan. Que cada cual coja uno si gusta.

3 comentarios:

ReyVindiko dijo...

A mí más que vértigo me da miedo. Pero como lo hago contigo me da igual.

Máster en Nubes dijo...

Jo. Menos mal, intenté como 200 veces comentar aquí, con eso tan bonito que te ha puesto asumo que tu marido, por Dios.

Que nada, que la vida son 2 días y uno nublado y que como mujer inteligente te da igual esa vejez a la que tanto miedo se tiene hoy -la de arrugas y tal-y en cambio como buena que pareces te asusta el paso del tiempo y el efecto en tus hijos como dices.

No sé porque no soy madre, pero quizás tranquiliza saber que además de una madre y de un padre están y estarán siempre en otras manos que nunca los soltarán. Me se ocurre. Yo con mi madre cuando la veo tan viejita lo pienso, y algo me dejo de preocupar.

Un abrazo, guapa & familia
Aurora

Mirna dijo...

Muchas gracias Aurora. Hemos estado cruzadas en los blogs, por lo que veo. Pues sí. Lo de la edad y sus secuelas de verdad que no me preocupa en absoluto: lo importante es cumplir años. Dejar de cumplirlos es una putada (con perdón). Lo interesante es intentar mantenerse en una apariencia que no puedan catalogarte dentro de ninguna edad - edad indeterminada -, así logra uno eternizarse.
Pero esto solo vale para atribuírselo una; con los hijos y demás seres queridos... no.
Me encanta verte por aquí. Ya me contarás lo del brownie.