Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de octubre de 2009

Reyvindiko cuenta uno más




El lunes pasado fue tu cumpleaños, taytantos, como la mayoría. Lo malo de cumplir años en lunes es que al final tu día pasa sin pena ni gloria; pero claro, siendo hombre como eres, y en estado ascendente en años, como estás, pues el día pasó finalmente con más pena que gloria. La noche lo salvó, quizás. Me refiero a la charla, al vino, a mis judiitas verdes, ¿verdad?
Aquel dicho famoso del anuncio <<no pesan los años, pesan los kilos>>, ja ja, casi me lo creo. Tú no estás gordo y, en cambio, los años sí que te pesan. Tienes una visión muy negativa del paso del tiempo. A mí me da miedo; a ti te angustia. Será que yo soy mucho más simple que tú y me consuela el mal de muchos; sin embargo, lo que no me consuela nada es ver que el paso del tiempo no trata a todos por igual, pero esa es una cuestión aparte.
Los argumentos que me fuiste dando te los fui desmontando uno por uno, eso sí, quizás gracias a la elocuencia que puede dar una buena copa de vino. Pero sé que en tu cabezota siguen todas esas ideas rebotando como pelota dentro de una maquinita de pinball. Eres hueso duro de roer, y lo que en mí se transformó en elocuencia, en ti, creo que fue más bien atontamiento.
En fin, empezaré a preocuparme realmente por ti cuando te apuntes a un gimnasio, hables en exceso de Monica Bellucci, y te pongas gomina en el pelo. Esto último me preocupará especialmente. Mientras, tú ya sabes que la m va detrás del 7. Feliz cumpleaños, aunque con unos días de más.

Y como no, he intentado traerte uno de tus dulces favoritos, para que soples tus velitas. Se trata de un pío x: brazo gitano relleno de crema y bañado en coco rallado. Prometo receta, que es muy facilito y siempre entra bien.
Besos a todos.
(Lo de prometo receta se está convirtiendo en algo habitual, ¿verdad? pero luego nunca la pongo).

martes, 14 de abril de 2009

Me da miedo el tiempo




Recuerdo perfectamente los diez primeros años de mi vida. Recuerdo la ilusión que me hacía ponerle dos cifras a mi edad. Diez años, toda una vida. Recuerdo a mi padre, tratando este hecho como lo que era, un hecho de gran magnitud. Me sentía ya casi del mundo de los mayores. Pero en verdad no quería pertenecer a ese caos que no entendía pero que sí admiraba.

Ahora, en la lejanía, recuerdo esos años que transcurrieron para mí como una eternidad. Casi podría decir que esos años pasaron con más lentitud que los 28 posteriores. Los veranos eran laaargos, y en ellos daba tiempo a hacer de todo. Devoraba libros de Los Cinco (El Club de los Siete Secretos nunca me gustó, y Quinto grado en Santa Clara, ni fu ni fa) y siempre me apetecía comer lo que ese grupo de primos engullía en esas meriendas de galletas de jengibre y zarzaparrilla. 

Aparte de leer, me daba tiempo a acabar los cuadernillos de vacaciones que recomendaban en el cole, a ver la tele (Dabadabadá), ir a la playa, jugar con Nieves con las Nancys, comer helados, pasear.... todo el tiempo del mundo para mí en dos meses de verano.

Creo que esta es una de las muchas virtudes de la infancia, cuando tu vida no depende de todo lo que tienes que hacer, cuando lo único que tienes es que disfrutar y hacer tu cama (y poner y quitar la mesa, como mucho), el paso del tiempo se postra ante tus pies.

Ya, ese transcurrir no volverá. Lo veo. El paso del tiempo me tortura, aunque no quiera admitirlo. Pero cuidado, no me tortura por mi edad, sino por el vértigo que me causa el imparable ritmo que llevan mis hijos. Cómo se me va de las manos la más tierna infancia de mi Santiago; cómo, mi sobrina Luna, con 14 años, ha dejado ya todo rasgo infantil y es una mujer en toda regla; cómo tengo sobrinos, que conocí de pequeños y que ya han sobrepasado la edad que yo tenía cuando me casé; y cómo soy tía-abuela de dos preciosos bebés, Pablo y Carmen. Y prefiero no nombrar a los que ya son mayores que yo, porque esos cambios me entristecen más todavía.

Las canas, las caderas que no vuelven a entrar en los vaqueros de antes, la cintura que después del embarazo de los mellizos (madre mía qué barriga) nunca volvió a hacer curva hacia adentro, y otras cosas que duelen más, como mi problema reumático, eso no me preocupa. Tengo asumido que el tiempo tiene que pasar y hacer estragos en mí, pero que lo haga en mis hijos, eso si me trastorna más. Ver la paja en el ojo ajeno. 

Me da miedo y lástima no poder agarrar, sujetar, cada instante que pasa feliz. Ahí me quedaría para siempre. En un momento único de felicidad. 

Me ha costado mucho trabajo elegir un plato para hoy, y al final me he decidido por el pan. Simple y eterno pan. Que cada cual coja uno si gusta.