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martes, 22 de septiembre de 2009

Ikeadicts


Ikea. La primera vez que tuve noción de ese nombre fue en una revista de decoración. Ikea. Tan lejano e inaccesible, que me creé mi Ikealand. Cuando abrieron uno en Sevilla, casi enloquecí. Y allá que nos fuimos, mi cuñada y yo, con una Seat Alhambra solo con los asientos de delante. Un día entero en Ikea, ay, Dios mío, cuántas cosas cabían en la parte de atrás. Le dimos dos vueltas enteras a la tienda, una antes de comer y otra después. ¡Qué dos carros llenamos! Supongo que si alguien se fijó (como hace mi hermano) en qué llevábamos en el carro, pensaría "y eso para qué les servirá" o "vaya si han comprado tonterías estas dos". Y en verdad es así, no voy a decir que no. Y encima, nos devolvieron los dos euros del desayuno, ¡cómo son!
El caso es que hace dos años nos abrieron un Ikea en Málaga. Me resisto a ir, porque no puedo evitar consumir de todo; siempre lleno la bolsa amarilla y el carro después. No me puedo resistir a repetir cocacola, ni a las albóndigas suecas (que luego me dan ardores y se me repiten), ni a los muffins con trozos de chocolate (mi perdición).
Siempre que voy con mi querido Reyvindiko, tenemos una frase que no se nos cae de la boca: estos suecos. Y es que realmente es así. ¿Cómo se las han ingeniado para colocarnos una forma tan distinta de comprar? Aquí, de siempre, se ha ido a una tienda de muebles y nos lo han dado todo; es más aún, nos lo han llevado todo y nos lo han instalado todo. El do-it-yourself se nos ha impuesto de una manera bárbara, desde el mismo momento en que sucumbimos a retirar nuestra bandeja del MacDonalds. Bueno, pues en Ikea, ya es el súmmum del yo me lo guiso, yo me lo como. Y luego te lo justifican todo con esos carteles tan a lo sueco, con los que te explican por qué no encuentras a nadie que te ayude en la tienda, por qué te tienes que romper la cabeza buscando lo que compras en ese pedazo de almacén, y ya, el colmo, por qué tienes que pasar tú mismo lo que compras por el escáner y pasar directamente la tarjeta.
Y luego está el tema de los nombrecitos que tienen los productos. Cuando miras esas etiquetas o, simplemente el tíquet de compra y ves que has comprado una Flytta, un Patrull, alguna Erslev y una Pöang, por ejemplo, no te hallas ni de coña.
En fin, Ikea, qué invento. A las mujeres se nos suele ver contentas, a los jóvenes también; pero a los típicos señores mayores que no saben en qué mundo se han metido, se les queda una cara que es un poema, y encima, que ni se les ocurra salirse de las flechitas, entonces ya, prácticamente hay que quedarse allí a vivir.
No obstante, que conste, que me encanta ese sitio; que me lo paso bomba, aunque no puedo evitar venirme cargada de trastos que seguramente no utilizaré.

Y cambiando el tercio, no tengo que decir que no estoy cumpliendo los propósitos, ¿verdad? Bueno, en verdad algunos sí, ¿eh? Y es que no doy para mucho más. Hasta estoy desganada en la cocina, aunque parezca mentira. Es por eso que hoy traigo algo sencillo y rápido de hacer (con mi nuevo amanecer, claro). Se trata de un sorbete de mango, que como dicen que el otoño viene calentito pues para que nos refresquemos y no engordemos demasiado. Tan solo lleva mango, azúcar (100 g para 1/2 kg de mango) y un limón. Pues eso, hasta la próxima. Besos.