Ya con mis taytantos años asumo que hay ciertas cosas que nunca lograré hacer ni ser, a pesar de que me habría gustado.
De pequeña todo aquello que veía en la tele me gustaba: quería ser patinadora artística sobre hielo, nadadora a lo Esther Williams, claquetista, cada vez que veía una película de Fred Astaire y Ginger Roger. Incluso quise ser Arconada en el mundial de Naranjito allá por el 82. Quería ser todo aquello que me impresionaba.
Ya con un poco de menos seso, en la adolescencia, pues seguía interesada en las cosas que me fascinaban. Recuerdo especialmente el gusto por el baile moderno de escuela. Incluso llegué a enterarme de dónde había una academia de baile a lo Flash Dance en mi ciudad. Y nada menos que el Ballet Sum, que salía en el Un, Dos, Tres. Por suerte para mí, no pude entrar.
Menos mal, que en esa época, me encantaba cómo pronunciaba inglés la profesora que tenía por entonces. Eso sí que me enganchó, y por eso sí que luché. Tanto, tanto, que hasta hice la carrera de Filología inglesa, y me gano la vida con ello.
Pero aunque ya zanjé el tema de mi profesión, hay muchas cosas que quedaron en el tintero, la mayoría allí quedarán para siempre:
- violonchelista
- cantante
- bailaora
- florista
- sumiller y enóloga
- pintora (de cuadros)
- modista
- atleta
- extranjera de un país muy lejano
- alta y delgada
- Audrey Hepburn
- y otras muchas cosas.
Ya digo, la mayoría de estos anhelos pues quedarán como suspiros perdidos. Intentaré, sin embargo no proyectar esos deseos de lo que yo no fui en mis hijos, aunque es inevitable ver que tienen destreza para determinadas actividades. Pero ese es otro cantar.
Y como en verano se da mucho lo del picoteo informal os traigo unas galletas saladas muy, muy ricas.
Por cierto, felicidades a las Cármenes, que por aquí hay muchas y todas muy guapas, en especial felicito a mi sobrinita, sobrina-nieta, he de decir. Besos.