Antes de nada debo pedir disculpas porque he estado muy perdida. Como ya he dicho en la respuesta a mi anterior entrada, a los que sabéis de mí, pues tengo poco que explicar; los que no, solo os digo que el lunes operaron a mi Reyvindiko de una hernia inguinal, nada grave, aunque sí molesto, pero vamos que se va recuperando a un ritmo estupendo y se está pegando unos lotes de lectura que se me va a volver medio tonto :))
Y bien, hoy os quiero hablar de un colegio vecino al nuestro. Se trata de un centro de educación especial, y, claro, como es obvio, en él solo hay alumnos y cuidadores especiales. Cuando me toca dar clase en el lado del pabellón que da a este colegio, no puedo evitar distraerme y observarlos. Es algo que me encanta.
Claro está que a este centro van niños y no tan niños que tienen distintas problemáticas, y yo solo veo a los que tienen buena movilidad y les enseñan talleres sobre todo de jardinería. Pero dentro hay niños cuyas capacidades motoras están limitadas. A estos otros no los veo nunca.
Quiero dejar muy claro que en ningún momento pretendo ser condescendiente con ellos. A mí no me dan pena. Ni siquiera siento pena por sus familias. Además veo cómo los tratan sus cuidadores y que los educan también con cariño aunque con dureza a veces. Lo que realmente siento por ellos es ternura. Veo que son tan cariñosos y que buscan y dan tanto cariño que me dan ganas de bajar a achucharlos.
Ahora bien, y ya con esto termino (otro día seguiré con el tema, si se tercia, que hoy estoy muy cansada), hay una cosa que más que pena me da escalofríos y es pensar en la suerte que tienen estas personas de haber nacido ayer; mañana, nacerán muchos menos.
En la mesa, una chocolatada: tarta de dos chocolates. Chocolate blanco y chocolate negro en una fusión totalmente imperfecta aunque deliciosa.
Un abrazo.